lunes, 13 de marzo de 2017

papas calientes - completar el texto

Los_comienzos_del_cine

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El cinematógrafo nació en plena época industrial. Los hermanos , que llevaban varios años en su invento y habiendo ya más de un centenar de de un minuto, se decidieron a enseñar su invento al pueblo de . Lo presentaron con temor, pues nunca tuvieron excesiva confianza en sus posibilidades artísticas ni menos económicas. Tras muchas negociaciones con diferentes locales, incluido el Folíes Bergéres, encontraron un sencillo local decorado al oriental, el Salón Indio del Gran del Boulevard de los Capuchinos. Los Lumiére prefirieron una de reducidas dimensiones en razón de que si era un fracaso, pasaría inadvertido. El día de la representación, considerado como el primer momento de la historia del cine fue el 28 de diciembre de 1895. Tal y cómo los organizadores, el primer día no fue especialmente extraordinario, pues acudieron solamente 35 personas. Bien cierto es que tampoco la fue excesiva y el cartel realizado a la rápida no fue muy significativo. Los Lumiére tuvieron la precaución (Gubern, 1989) de pegar en los cristales del Grand Café un cartel anunciador, para que los transeúntes desocupados pudieran leer lo que significaba aquel invento bautizado con el impronunciable nombre de Cinématographe Lumiére. La explicación, impresa en cursiva, resulta hoy un tanto pintoresca y barroca: «Este aparato -decía el texto- por MM. Auguste y Louis Lumiére, permite recoger, en series de pruebas instantáneas, todos los movimientos que, durante tiempo, se suceden ante el objetivo, y reproducir a estos movimientos proyectando, a tamaño natural, sus imágenes sobre una pantalla y ante una sala entera.». Según Georges Mèliés, que asistió a aquella función primera pues regentaba un estudio en París y había tomado parte en algunas de las negociaciones para encontrar la sala, aunque al principio el era de gran escepticismo, cuando los vieron moviéndose los carruajes por las calles de Lyon, quedaron, cita Gubern, petrificados «boquiabiertos, estupefactos y sorprendidos más allá de lo que expresarse».
Sin embargo el pueblo parisiense, corrida la voz aquel espectáculo maravilloso y espectacular, ya al segundo día el salón y las colas recorrían el bulevar. Los de París elogiaron aquel espectáculo insólito y los Lumiére tuvieron asegurada, a partir del segundo día, sus espectadores .

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